La temperatura exterior debe ser negativa para poder producir nieve artificial
Los cañones, salvadores de los inviernos cálidos
La nieve artificial se ha vuelto un elemento indispensable en el buen funcionamiento de una estación de esquí. Lo normal es que el manto blanco caiga del cielo. Cuando no sucede así, por ejemplo en años de anticiclón persistente o de viento sur, los centros de esquí no tiene más remedio que recurrir a los cañones para mantener abiertas algunas de sus pistas.
Ésta es la razón por la que este tipo de instalaciones se ha multiplicado en las estaciones de esquí españolas asociadas en Atudem. En la temporada 2006-2007 se pusieron en funcionamiento 4.271 cañones, 400 más que la campaña anterior. Su producción de nieve permitió cubrir 320,5 kilómetros de pistas con una capa uniforme apta para la práctica de los deportes de invierno.
La nieve artificial se produce de manera ‘natural’, es decir, no se le añade ningún elemento artificial al crearla para que resista más. Es simplemente la conjunción de agua, aire y baja temperatura. Pero es un proceso muy complejo, que requiere mucha energía (unas 6.000 calorías por gramo de agua evaporada) y no siempre es efectivo. Para que disparen, la temperatura ambiental debe ser de cero grados o negativa, de lo contrario, los cañones producirán lluvia gélida. Los cañones están dotados de un sistema automático que los pone en marcha cuando la temperatura ambiente llega a un valor prefijado.
La nieve artificial también es la base del esquí 'indoor'. En España ya funciona Madrid SnowZone, en el centro comercial de Arroyomolinos, donde 14 cañones permiten recubrir dos pistas con 350 metros disponibles los 365 días del año.
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